Santo Domingo.-
La noche del domingo 10 de mayo de 1998, el pueblo dominicano recibió con profundo pesar la noticia del fallecimiento de José Francisco Peña Gómez, una figura central de la política nacional. Este evento marcó un antes y un después en la memoria colectiva, generando una ola de conmoción y luto en todo el país.
Reconocido por su capacidad de movilizar masas, su férrea defensa de la democracia y su visión de la política como un instrumento de servicio social, Peña Gómez dejó un legado imborrable en la historia dominicana.
A más de dos décadas de su partida, la memoria de Peña Gómez permanece vívida entre sus seguidores y aquellos que lo conocieron. Su viuda, Peggy Cabral, ofrece una perspectiva íntima de su vida, describiéndolo como ‘un ser excepcional’ y destacando su faceta humana y su profunda conexión con la ciudadanía, más allá de su rol como líder político y orador.
Cabral, con voz serena, afirma que el recuerdo de su esposo se mantiene ‘igualito que si hubiera sido ayer’, rememorando tanto su trayectoria política como los desafíos de su enfermedad y los últimos días de una existencia dedicada a la lucha social.
Tras las elecciones de 1994, Peña Gómez enfrentó años de intensa contienda política, pero Peggy Cabral subraya que el mayor desafío fue lidiar con la enfermedad que, aunque debilitó su cuerpo, nunca mermó su espíritu de lucha.
“Él no se doblegó nunca. Trabajó hasta el último momento”, enfatiza Cabral, recordando que Peña Gómez falleció el 10 de mayo de 1998, solo seis días antes de unas elecciones en las que su partido resultó victorioso. “Dejó a su partido en el gobierno como quería”, añade con emoción.
Consultada sobre el recuerdo más entrañable, Cabral reflexiona, explicando que la figura de Peña Gómez abarcaba ‘fortaleza, entrega y esperanza’ simultáneamente. “Cada día de su enfermedad, cuando uno veía que se estaba yendo, él seguía actuando como si no estuviera enfermo. Planificaba cosas como si fuera a vivir todos los años del mundo. Tenía una fortaleza de espíritu que contagiaba”, relata.
Las últimas palabras del líder, “Yo los perdono”, resuenan aún en la memoria de Peggy Cabral, quien las interpreta como una síntesis de la ‘grandeza humana’ de un hombre dedicado a la lucha por los demás y la consolidación democrática de la nación.
“Él sembró amor en el corazón del pueblo”, asegura Cabral, rememorando el funeral de Peña Gómez, donde la magnitud del dolor popular la llevó a sentir que, en ocasiones, era ella quien debía consolar a los dolientes.
Lejos de los escenarios políticos y los discursos multitudinarios, en el ámbito privado, José Francisco Peña Gómez era un hombre de hábitos sencillos y gran disciplina. Su jornada iniciaba temprano con una caminata diaria, seguida del cuidado de sus mascotas: perros y palomas.
“Tenía un palomar en la casa. Le encantaban los animales”, detalla Cabral. Tras el desayuno, su rutina incluía la atención a numerosos visitantes que buscaban su consejo, ayuda o compañía. “Cuando alguien le planteaba un problema a Peña Gómez, ese problema pasaba a ser de él”, afirma.
Esta cercanía y empatía, según Cabral, fue un pilar fundamental de su liderazgo. El célebre lema ‘Primero la gente’ no constituía una mera consigna política, sino una filosofía de vida que guiaba sus acciones.
“Él trataba igual a un campesino que a un presidente”, ejemplifica Peggy Cabral, destacando que Peña Gómez podía pasar de compartir un café en una vivienda humilde a reunirse con figuras como Felipe González, manteniendo la misma consideración por todas las personas.
Cabral también resalta el profundo respeto de Peña Gómez hacia sus adversarios políticos y hacia todas las personas, independientemente de su origen o ideología. Un aspecto menos difundido de su figura era su rigurosa disciplina intelectual. Era un lector voraz; su biblioteca personal albergaba miles de volúmenes, muchos de ellos meticulosamente anotados.
“Siempre tenía un libro en la mano. El tiempo libre lo dedicaba a estudiar”, cuenta Cabral. Autodidacta, llegó a dominar siete idiomas y se sumergía con pasión en los temas de su interés. Peggy Cabral recuerda con humor cómo Peña Gómez se preparó intensamente durante semanas para un debate sobre medio ambiente.
“Compró muchísimos libros y terminó ganando el debate”, añade. Esta sed de conocimiento estaba intrínsecamente ligada a sus orígenes. Peña Gómez nació en la pobreza extrema y forjó su propio camino desde la niñez, trabajando como limpiabotas y en un colmado para costear sus estudios.
“Se formó él mismo, pero tuvo padres que le inculcaron valores y buenas costumbres”, subraya Cabral. Para ella, si Peña Gómez viviera, sus principales preocupaciones seguirían siendo la educación, las oportunidades para la juventud y el desarrollo humano integral.
“Él entendía que al pueblo había que educarlo y darle oportunidades”, reitera.
A pesar del devastador diagnóstico de cáncer que padeció, Peña Gómez mantuvo una férrea voluntad de vivir. “Los médicos decían que viviría pocos meses y vivió cuatro años. Su voluntad de vivir era impresionante”, destaca Peggy Cabral.
Cabral también valora la gestión de Peña Gómez como síndico del Distrito Nacional, una etapa que, a su juicio, ha sido históricamente subestimada.
Durante su administración municipal, Peña Gómez impulsó la creación de bibliotecas, escuelas laborales y espacios deportivos en zonas vulnerables, articulando el apoyo de empresarios y organizaciones sociales. “Tenía una visión de avanzada”, sostiene Cabral. No obstante, al analizar el panorama político actual, lamenta la escasez de líderes con la sensibilidad humana de su esposo. “Una figura como Peña Gómez no existe hoy”, concluye con nostalgia.
Aprender a vivir con su ausencia, admite, no ha sido tarea fácil.


