Río San Juan, República Dominicana.- Las fachadas de la costa de María Trinidad Sánchez se transformaron hace más de una década en un museo vivo que hoy respira nostalgia.
Caminar por las calles de Río San Juan en las primeras horas de la mañana es avanzar despacio bajo el sol matutino, sintiendo una brisa húmeda y salada con olor a mar que arrastra viejas historias de pescadores.
Mientras el Atlántico ruge con fuerza a pocos metros, el tiempo parece detenerse y mis ojos se topan con la primera fachada de madera, donde los rostros de ancianos locales, pájaros y flores emergen de las tablas desgastadas para desafiar el implacable olvido del salitre.
Según me explica un local, esas miradas y pinceladas amarillas y azules son los trazos del proyecto Artesano de la Costa 2014, una revolución silenciosa que cambió la piel de estas casas caribeñas.
"Hoy, más de una década después, estos murales son parte de nuestra identidad y narran la memoria de este rincón del atlántico. Esas pinturas han puesto a este pueblo en el mundo. Muchos turistas llegan aquí gracias a ese arte que es parte de nuestra cultura y orgullo de todos nosotros", dijo Juan Alonzo, pescador.
Sigo mi trayecto sin rumbo y es imposible no conmoverse ante la simbiosis de arquitectura vernácula y arte contemporáneo. Aquel proyecto de diseño artesanal convocó a creadores que entendieron el alma del pueblo, transformando viviendas comunes en testimonios gráficos de la dominicanidad costera de este pueblo.
Me detengo frente a una vieja casona de tejado de zinc. En sus paredes, los verdes intensos emulan la vegetación de la Laguna Gri-Gri; es un homenaje vivo a la flora que define el entorno mágico de este municipio.
Hablo con una vecina que observa mi cámara desde su ventana enmarcada en óleo. Me cuenta, con una sonrisa nostálgica, cómo su hogar se convirtió en una parada obligatoria para los viajeros que buscan la auténtica esencia del norte.
"La verdad no sé de quién fue la idea principal. Y aunque no estaba muy de acuerdo porque no comprendía bien todo esto. Dije que sí. Porque era gratis. Cuando todo terminó quedé maravillada. Y ahora estos dibujos son parte de nosotros", dijo Laura Antonia Trejo.
El sol del mediodía empieza a teñir las calles de un dorado místico y cálido. Cada esquina revela un detalle: un pez que salta en una puerta, una mano que teje redes sobre la superficie rugosa de un muro.
Este museo de arte al aire libre, es una crónica visual que sobrevive al paso de los años y las tormentas. Aunque algunas piezas muestran el lógico desgaste del tiempo, la dignidad de sus trazos originales permanece intacta, resistiendo como un faro de cultura popular.
La técnica empleada respetó la nobleza de la madera y las texturas del concreto. Los artistas no impusieron su visión, sino que tradujeron el día a día del riosanjuanero en una paleta cromática que celebra la cotidianidad caribeña.


