Roma.- La tasa de fecundidad en Italia ha alcanzado un nuevo mínimo histórico desde 1945, con 355.000 nacimientos registrados en 2025, lo que representa una caída del 3,9% en comparación con el año anterior. Esta disminución se atribuye al envejecimiento de la población y a las condiciones económicas desfavorables, según un informe publicado este martes.
Según el informe de la Fundación por la Natalidad, elaborado en colaboración con el Instituto Nacional de Estadística (Istat), la tasa de fecundidad en Italia, es decir, el número medio de hijos por mujer en edad fértil, descendió a 1,14 en 2025 frente a los 1,18 registrados en 2024.
Para mantener una población estable en Italia sin la inmigración, sería necesario que cada mujer tuviera una media de 2,1 hijos. Varios factores económicos explican por qué los italianos no tienen hijos, según subraya el informe de la Fundación por la Natalidad, una asociación surgida en 2022 para promover políticas a favor de las familias y la natalidad.
«El deseo de maternidad y paternidad se topa a menudo con la precariedad laboral, los altos costes, modos de vida incompatibles y servicios insuficientes», analiza el informe. Esto genera «una brecha creciente entre lo que la gente desearía y lo que realmente consigue hacer».
En 2024, si las mujeres que declararon tener la intención de tener hijos en los tres años siguientes hubieran llevado efectivamente a cabo su proyecto, nacerían cada año 760.000 niños, es decir, un total de 2,3 millones de nacimientos en tres años, según una encuesta del Istat.
Para justificar esta tendencia, las personas encuestadas citan en primer lugar dificultades económicas o profesionales y el temor de que la llegada de un hijo agrave su situación financiera, especialmente en el caso de las mujeres. «Cuando faltan los servicios de ayuda a las familias, son (las mujeres) quienes llenan el vacío: dejan de trabajar (…) No por elección, sino por necesidad», señala el informe.
Los jóvenes adultos temen además a menudo verse atrapados entre los cuidados que deben dedicar a sus hijos y los que tienen que proporcionar a sus padres ancianos, característica de una generación denominada «sándwich».




