La diaspora no es un alcancía

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Durante años hemos escuchado la misma historia.

Cada vez que el Banco Central anuncia un nuevo récord de remesas, celebramos que los dominicanos residentes en el exterior volvieron a demostrar su compromiso con el país.

Y ciertamente hay motivos para reconocerlo.

Solo durante los primeros seis meses de 2026, los dominicanos en el exterior enviaron a República Dominicana US$6,219.3 millones. (Banco Central de la República Dominicana⁠)

Pero hay una pregunta que pocas veces hacemos:

¿Qué recibe la diáspora a cambio de todo lo que aporta?

Porque los dominicanos que vivimos fuera no somos una alcancía.

Somos trabajadores, empresarios, profesionales, estudiantes, inversionistas y ciudadanos. Somos una comunidad que ha construido una vida en otros países, pero que mantiene vínculos familiares, económicos, culturales y emocionales con República Dominicana.

Solo en Estados Unidos viven alrededor de 1.3 millones de inmigrantes nacidos en República Dominicana, y cuando se incorporan las nuevas generaciones de origen dominicano, la comunidad supera ampliamente esa cifra. (Migration Policy Institute⁠)

Eso significa que estamos hablando de mucho más que remesas.

El problema no es enviar dinero. El problema es la relación

Durante décadas, el Estado dominicano ha desarrollado una relación con la diáspora basada fundamentalmente en una pregunta:

¿Cuánto dinero pueden enviar?

Pero debería hacerse otra:

¿Cómo podemos construir una relación de nación con los dominicanos que viven fuera?

Porque el dominicano que envía dinero no solamente sostiene a su familia.

También compra una vivienda.

Invierte en un negocio.

Compra terrenos.

Paga estudios.

Construye.

Consume productos dominicanos.

Viaja al país.

Paga impuestos y tasas.

Y, en muchos casos, regresa después de décadas de trabajo con la intención de invertir sus ahorros en República Dominicana.

Sin embargo, demasiadas veces encuentra burocracia, inseguridad jurídica, costos elevados, servicios deficientes y una institucionalidad que parece diseñada más para cobrarle que para facilitarle las cosas.

Eso tiene que cambiar.

La diáspora puede ser mucho más que remesas

Las remesas son importantes, pero no podemos convertirlas en el límite de nuestra relación con el país.

El verdadero potencial está en transformar parte de ese flujo económico en ahorro, inversión, emprendimiento, vivienda, tecnología y creación de empleos.

¿Por qué no crear mejores mecanismos financieros para que un dominicano en Nueva York, Boston, New Jersey, Florida, Madrid o Milán pueda invertir en una pequeña empresa en República Dominicana con seguridad y acceso al crédito?

¿Por qué no facilitar que profesionales dominicanos en el exterior puedan transferir conocimientos y tecnología?

¿Por qué no utilizar nuestra enorme red de comerciantes y empresarios para ampliar las exportaciones dominicanas?

La diáspora puede ser un puente económico entre República Dominicana y el mundo.

Pero para eso necesita un Estado que la vea como socia del desarrollo, no solamente como fuente de divisas.

También necesitamos representación

Aquí aparece el problema político.

La diáspora tiene diputados de ultramar, consulados e instituciones creadas supuestamente para atender sus necesidades.

Pero todavía falta algo fundamental:

una voz colectiva, organizada y capaz de negociar una agenda nacional de la diáspora.

No una organización subordinada a un partido político.

No una estructura creada para repartir empleos.

No una entidad que aparezca únicamente durante las elecciones.

Hablamos de una representación plural, democrática y permanente.

Una organización capaz de sentarse frente al Estado y decir:

Estas son nuestras necesidades.

Estos son nuestros derechos.

Estas son nuestras propuestas.

Y estos son los compromisos que esperamos del Estado dominicano.

No pedimos privilegios

La diáspora no necesita privilegios.

Necesita igualdad, respeto y seguridad jurídica.

Necesita consulados que funcionen como verdaderas oficinas de servicio.

Necesita costos razonables para documentos y trámites.

Necesita protección para sus propiedades.

Necesita reglas claras para invertir.

Necesita mecanismos para regresar y reintegrarse al país cuando así lo decida.

Y necesita que sus hijos y nietos puedan mantener una relación real con República Dominicana.

Porque la segunda y tercera generación también forman parte de esta historia.

Si queremos que esos jóvenes mantengan el vínculo con el país de sus padres y abuelos, no podemos hablarles solamente de nostalgia.

Tenemos que ofrecerles cultura, oportunidades, educación, participación y una razón para sentirse parte de una nación que también les pertenece.

El momento de cambiar la relación

La República Dominicana ha cambiado.

La diáspora también.

Ya no somos solamente los que se fueron.

Somos una comunidad transnacional, con presencia económica, social y política en varios países.

Por eso necesitamos un nuevo pacto entre el Estado dominicano y su diáspora.

Un pacto que reconozca nuestros aportes, pero también nuestros derechos.

Un pacto que establezca mecanismos para convertir parte de nuestra capacidad económica en desarrollo.

Un pacto que garantice seguridad jurídica, mejores servicios, representación política y participación ciudadana.

Porque una nación que recibe miles de millones de dólares de sus ciudadanos en el exterior no puede relacionarse con ellos únicamente cuando necesita recursos.

La diáspora no es una alcancía.

Es parte de la nación dominicana.

Y ha llegado el momento de que esa realidad se traduzca en organización, representación y poder ciudadano.

Luis Castillo
Luis Castillo
Luis Castillo: es consultor comercial con más de 25 años de experiencia en ventas, mercadeo y desarrollo de negocios. Reside en Massachusetts, Estados Unidos, y escribe artículos de opinión sobre economía, políticas públicas, desarrollo, democracia y el papel de la diáspora dominicana. Sus análisis buscan promover el debate informado y aportar propuestas que contribuyan al fortalecimiento institucional y al desarrollo de la República Dominicana.

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