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El ciudadano dominicano: una máquina de pagar impuestos
Hay algo que hacemos casi todos los días y en lo que pocas veces nos detenemos a pensar: pagar impuestos.
Los pagamos cuando compramos, cuando nos movilizamos, cuando importamos, cuando utilizamos determinados servicios y, por supuesto, cuando llenamos el tanque de combustible.
Pero ¿alguna vez nos hemos preguntado cuánto dinero entregamos al Estado durante nuestra vida?
Tomemos solamente la gasolina como ejemplo.
Esta semana, el galón de gasolina Premium ronda los RD$341. De acuerdo con la estructura tributaria vigente, aproximadamente RD$105 corresponden al impuesto específico y al impuesto Ad-Valorem.
Eso significa que, de cada RD$100 que pagamos por un galón, alrededor de RD$31 corresponden a esos dos impuestos.
Ahora hagamos una cuenta sencilla.
Una persona que gaste RD$20,000 mensuales en gasolina podría estar pagando alrededor de RD$6,166 mensuales solamente por esos impuestos. Son aproximadamente RD$74,000 al año.
En diez años serían unos RD$740,000.
En veinte años, cerca de RD$1.48 millones.
Y estamos hablando únicamente de dos impuestos relacionados con la gasolina.
No estamos incluyendo el resto de los impuestos que esa misma persona paga durante esos veinte años: ITBIS, impuestos relacionados con el vehículo, servicios, telecomunicaciones, transacciones y otros consumos.
Ahí comienza a aparecer una realidad que pocas veces discutimos.
El dominicano común es uno de los grandes financiadores del Estado.
Sin embargo, nuestra conversación tributaria suele concentrarse en cuánto necesita recaudar el Gobierno, pero mucho menos en cuánto termina pagando cada ciudadano.
Y existe una segunda pregunta que debería acompañar siempre a la primera:
¿Qué recibe el ciudadano a cambio?
Porque pagar impuestos no es el problema. Todos entendemos que un Estado necesita recursos para funcionar.
El problema es cuando la ciudadanía paga cada vez más, pero no percibe una correspondencia entre lo que entrega y la calidad de los servicios que recibe.
Cuando paga impuestos y encuentra hospitales con dificultades, escuelas con carencias, calles deterioradas, problemas de agua, inseguridad, deficiencias en el transporte o instituciones públicas poco eficientes, surge inevitablemente una pregunta legítima:
¿Dónde está nuestro dinero?
Esta pregunta no pertenece a ningún partido político.
Es una pregunta ciudadana.
El Estado no debería mirar al contribuyente solamente como una fuente de ingresos. El contribuyente es quien financia al Estado y, por tanto, tiene derecho a exigir eficiencia, transparencia y resultados.
Cuando una persona entrega millones de pesos al Estado a lo largo de su vida, no está haciendo una donación.
Está cumpliendo una obligación.
Y el Estado también tiene obligaciones con ella.
Por eso necesitamos cambiar la manera en que discutimos los impuestos en República Dominicana.
No basta con anunciar cuánto recaudó el Gobierno.
Necesitamos saber cuánto pagó cada sector de la sociedad, cuánto costó recaudar ese dinero y, sobre todo, en qué se utilizó.
Necesitamos poder seguir el recorrido de nuestros impuestos: desde que salen del bolsillo del ciudadano hasta que se convierten en una escuela, un hospital, una carretera, un sistema de seguridad, agua potable o cualquier otro servicio público.
Porque un Estado moderno no se mide solamente por cuánto recauda.
Se mide también por lo que hace con lo que recauda.
La próxima vez que llenemos el tanque, deberíamos recordar que no solamente estamos comprando combustible.
Estamos haciendo una contribución al funcionamiento del Estado.
Y quizás la pregunta más importante no sea cuánto cuesta llenar el tanque.
Quizás sea esta:
Después de toda una vida pagando impuestos, ¿qué tan buen servicio público hemos recibido a cambio?
Esa es una conversación que República Dominicana necesita tener.




