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Carta pública a nuestros hermanos cubanos y al pueblo dominicano
Hay una verdad que la historia ha demostrado una y otra vez: es en los tiempos difíciles cuando realmente se conoce a los hombres, a las mujeres y a los pueblos.
Cuando llegan las dificultades, algunos vacilan, otros se desalientan, algunos se apartan y otros incluso traicionan aquello que ayer defendían. Eso ocurre en las organizaciones, en los pueblos y en todos los caminos donde los seres humanos tienen que tomar decisiones.
Pero también ocurre algo mucho más importante: los tiempos difíciles revelan quiénes son los que tienen carácter, conciencia, principios y valor.
Porque cuando todo marcha bien, cualquiera puede proclamarse valiente. Es cuando defender una posición tiene un costo que sabemos quién permanece firme y quién decide doblarse.
Por eso quiero expresar públicamente mi solidaridad con el pueblo cubano, un pueblo hermano con el que los dominicanos tenemos vínculos históricos, culturales y humanos que nadie puede borrar.
Y precisamente porque estos son tiempos difíciles, creo que tenemos derecho a exigir de quienes nos gobiernan algo elemental: carácter, conciencia, prudencia y defensa de la soberanía nacional.
Me preocupa profundamente la posición asumida por el presidente Luis Abinader frente a Cuba. No porque República Dominicana no deba mantener relaciones con otras naciones —eso es normal y necesario en las relaciones internacionales—, sino porque considero que una nación pequeña debe tener siempre presente que una cosa es relacionarse con las grandes potencias y otra muy distinta es entregarles nuestra voluntad.
Ya hemos visto situaciones similares en nuestra región. Y la historia nos enseña que ningún país pequeño ha avanzado verdaderamente convirtiéndose en instrumento de los intereses de una potencia extranjera.
Hay una vieja fábula que deberíamos recordar.
Una hormiga, enfrentada a una cucaracha, decidió buscar ayuda y llamó al fumigador para acabar con su adversaria. Pero cuando llegó el fumigador, no distinguió entre la hormiga y la cucaracha: terminó afectándolas a las dos, junto con otros animales que ni siquiera estaban involucrados en el conflicto.
La enseñanza es sencilla: quien llama a una fuerza poderosa para resolver un conflicto ajeno puede terminar siendo víctima de esa misma fuerza.
Por eso, señor presidente, la historia aconseja prudencia.
República Dominicana debe defender sus intereses con inteligencia, pero también con dignidad. Debemos tener relaciones con Estados Unidos, con Cuba, con Venezuela, con China y con todas las naciones del mundo, pero nuestra política exterior debe responder primero a los intereses del pueblo dominicano.
No podemos olvidar que las potencias tienen intereses; los pueblos tienen historia.
Y hoy, cuando enfrentamos momentos que pueden ser difíciles para nuestra región, no necesitamos gobernantes que simplemente sigan el viento. Necesitamos hombres y mujeres capaces de mantenerse firmes cuando soplan los vientos contrarios.
Porque los tiempos difíciles son la mejor medida del carácter, de la conciencia y de las virtudes de un pueblo.
El pueblo dominicano ha demostrado muchas veces que no es un pueblo cobarde. Nuestra historia está llena de hombres y mujeres que, aun sabiendo los riesgos que enfrentaban, decidieron defender su patria.
A nuestros hermanos cubanos les digo: no están solos en el sentimiento de muchos dominicanos que miramos con preocupación cualquier amenaza contra la soberanía y la dignidad de nuestros pueblos.
Y a mis compatriotas dominicanos les digo algo más:
Estos tiempos también nos sirven para saber quién es quién.
Nos permiten conocer quién tiene principios cuando los principios cuestan; quién tiene conciencia cuando resulta más cómodo callar; quién tiene valor cuando otros prefieren obedecer; y quién permanece fiel a sus convicciones cuando las circunstancias cambian.
Porque al final, los tiempos difíciles no cambian necesariamente a los hombres: los revelan.
Y cuando pase la tormenta, la historia recordará quién permaneció de pie.




