SANTO DOMINGO.- Mario José Redondo Llenas, condenado por el asesinato de su primo José Rafael Llenas Aybar en 1996, ha sido puesto en libertad este martes tras cumplir una pena de treinta años de prisión. Su retorno a la sociedad se produce en un contexto de profunda memoria colectiva que aún resuena con los detalles del crimen.
El caso de José Rafael Llenas Aybar, uno de los crímenes más impactantes en la historia reciente de la República Dominicana, aún guarda interrogantes a pesar de la exhaustiva reconstrucción de los hechos realizada por el Ministerio Público para obtener las condenas.
Durante el proceso, tanto Mario José Redondo Llenas como su cómplice, Juan Manuel Moliné Rodríguez, ofrecieron explicaciones limitadas y datos que no contribuyeron significativamente al esclarecimiento total de los motivos detrás del brutal acto.
Se ha documentado que Redondo Llenas mostró una frialdad extrema al involucrarse activamente en la búsqueda del menor. Sostuvo la versión de haber dejado a José Rafael en la Plaza Bolera y manifestó preocupación por su desaparición. Incluso, en la noche del 3 de mayo de 1996, presentó la denuncia de desaparición ante la Policía Nacional, acompañado de otro familiar.
Paralelamente, mientras Redondo Llenas realizaba estas acciones para desviar la atención, Moliné Rodríguez se dedicaba a eliminar pruebas incriminatorias, limpiando los restos de sangre del niño que aún se encontraban en su vehículo.
La reconstrucción de los hechos, basada en expedientes judiciales y archivos periodísticos, dibuja una perturbadora imagen de las horas posteriores al crimen. Dos jóvenes, de 19 y 20 años, operaban en paralelo: uno, Redondo Llenas, construía una coartada frente a autoridades y familiares, mientras el otro, Moliné Rodríguez, intentaba borrar las huellas de sangre de un niño de doce años del interior de un automóvil.
La frialdad exhibida por Redondo Llenas en esas cruciales horas fue tan impactante como el propio asesinato. Tras haber ultimado a su primo en las inmediaciones del arroyo Lebrón, cerca del kilómetro 13 de la autopista Duarte, fue capaz de presentarse ante la familia de la víctima y los agentes policiales, aparentando desconocimiento y preocupación.
Mantuvo su versión con una persistencia que sugiere premeditación: afirmaba haber dejado al niño en la Plaza Bolera, en compañía de otros jóvenes y un chofer, una declaración que sostuvo reiteradamente.
La madre de la víctima, Ileana Aybar, ya había recorrido los lugares mencionados por Redondo Llenas, incluyendo la Plaza Bolera y el inexistente lugar de exhibición de motocicletas en el Supermercado Asturias, sin hallar rastro de su hijo. A pesar de esto, Redondo Llenas persistió en su relato e incluso se unió a la búsqueda, con una aparente normalidad que contrastaba con la verdad de los hechos.
Mientras Redondo Llenas realizaba trámites, respondía preguntas y señalaba direcciones a las autoridades, el cuerpo de José Rafael yacía abandonado en el río Lebrón, atado con cinta adhesiva, presentando treinta y cuatro heridas de arma blanca y la yugular cortada.
Mientras tanto, Moliné Rodríguez se afanaba en limpiar la sangre y eliminar cualquier rastro que pudiera vincular su vehículo con el crimen.
Ambos jóvenes ejecutaron estas acciones con una determinación que parecía no flaquear, pero subestimaron la importancia de los pequeños detalles en una investigación policial.
La investigación policial progresó rápidamente, impulsada por una pista clave: un pequeño papel encontrado entre las pertenencias del niño cuando su cuerpo fue descubierto por unos campesinos al día siguiente. En el papel figuraba un número telefónico, que resultó pertenecer a Kimberlyn Caldas, pareja de Moliné Rodríguez en ese momento. Este detalle, aparentemente insignificante, fue el detonante que desentrañó la compleja red de engaños.
Con este nuevo dato, las piezas del rompecabezas encajaron con celeridad. Ambos sospechosos fueron localizados y detenidos. La sociedad dominicana se conmocionó aún más cuando los jóvenes confesaron el crimen no en la privacidad de un despacho judicial, sino públicamente, ante las cámaras de televisión. Eran jóvenes de buenas familias, con educación y un futuro prometedor, quienes habían asesinado brutalmente a un niño de doce años con treinta y cuatro puñaladas.
Moliné Rodríguez relató su versión de los hechos, detallando cómo engañaron y ataron al menor, y cómo Redondo Llenas tomó el cuchillo para cometer el asesinato. Aseguró que la decisión de matar a José Rafael fue de su cómplice, a quien describió como actuando «fuera de sí». Por su parte, Redondo Llenas optó por el silencio ante el juez una vez que su participación fue descubierta.
El retorno de Mario José Redondo Llenas a la vida en sociedad se produce en un entorno donde la memoria colectiva del crimen permanece intacta. El mismo individuo que inicialmente presentó la denuncia de desaparición y simuló angustia, mantuvo un silencio total al ser confrontado con la verdad ante la justicia.
Redondo Llenas regresa a una sociedad significativamente diferente a la que abandonó, y no necesariamente más indulgente. Deberá afrontar un ambiente que, tras casi tres décadas, aún recuerda vívidamente el asesinato, lo que probablemente le obligará a mantener un perfil bajo. Su proceso de reinserción estará intrínsecamente ligado a la percepción y reacción de la comunidad.


