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La realidad es sencilla: la diáspora dominicana no solo envía dinero; sostiene una parte fundamental de la economía nacional. A ese aporte hay que sumar miles de cajas enviadas cada año, las inversiones, el consumo de quienes visitan el país y el conocimiento de profesionales y emprendedores que podrían contribuir mucho más al desarrollo de la República Dominicana.
Sin embargo, el Estado sigue viendo a la diáspora principalmente como una fuente de divisas y no como un socio estratégico. Mientras otros sectores cuentan con incentivos, leyes especiales y espacios permanentes de diálogo, millones de dominicanos que viven en el exterior continúan esperando una política pública que reconozca su verdadero aporte.
Durante años hemos propuesto medidas concretas: una ventanilla única para la diáspora, mejores facilidades para invertir y adquirir viviendas, mecanismos de financiamiento para quienes desean regresar al país y la eliminación de cargas que afectan a quienes, además de mantener a sus familias, también sostienen la economía nacional.
Pero este llamado no es solo para el Gobierno. También es para la propia diáspora.
Ha llegado el momento de dejar de votar únicamente por simpatías o promesas generales. Los agricultores respaldan a quienes defienden el campo; los maestros exigen compromisos con la educación; los médicos luchan por sus reivindicaciones. La diáspora también debe convertir su enorme peso económico y electoral en una fuerza capaz de exigir propuestas concretas a quienes aspiran a gobernar el país.
No pedimos privilegios. Pedimos reconocimiento, participación y políticas públicas acordes con el aporte que realizamos cada año.
Porque si la diáspora ha demostrado, una y otra vez, que nunca le falla a la República Dominicana, ha llegado la hora de que la República Dominicana deje de fallarle a su diáspora.




