New York.- El estiramiento facial, conocido popularmente como facelift, se consolida como uno de los procedimientos estéticos de mayor relevancia en el panorama actual de la cirugía plástica. Este procedimiento genera un interés creciente, impulsado por su presencia en redes sociales y la continua innovación en técnicas como el “deep plane facelift”, así como por el interés de pacientes cada vez más jóvenes en rejuvenecer su apariencia.
Para abordar la desinformación y clarificar las recomendaciones, límites y riesgos asociados a esta cirugía, consultamos al Dr. David Shafer, cirujano plástico doblemente certificado y fundador de Shafer Clinic, reconocido por su enfoque personalizado en cirugía estética facial.
Según el Dr. Shafer, la edad promedio ideal para quienes pueden beneficiarse de un facelift se sitúa generalmente entre los 45 y 65 años. No obstante, la idoneidad depende fundamentalmente de la anatomía individual y de las preocupaciones específicas de cada paciente. Algunos individuos pueden presentar poco envejecimiento o pérdida de volumen en ciertas áreas, pero manifestar preocupación por el cuello o la parte inferior del rostro.
El especialista sugiere que un indicador clave para considerar la cirugía es cuando el paciente, al mirarse al espejo, intenta levantar la piel manualmente para lograr una apariencia más joven. En esos casos, la corrección estructural que ofrece la cirugía es, a menudo, la solución más efectiva.
Es crucial comprender que “facelift” es un término amplio. El rostro se divide en distintas áreas –el cuello, la parte inferior de la cara, el tercio medio y la parte superior–, cada una con patrones de envejecimiento únicos. Por ello, el tratamiento debe ser rigurosamente personalizado.
Aunque en pacientes más jóvenes o con predisposición genética a un cuello más débil, un lifting de cuello y tercio inferior podría ser suficiente, el Dr. Shafer enfatiza que, en la mayoría de los casos, un facelift integral proporciona un resultado más armónico y duradero. Tratar una sola zona sin considerar el conjunto puede llevar a un desequilibrio visual a medida que el área no tratada continúa envejeciendo.
La técnica del “deep plane facelift” es actualmente muy comentada porque actúa sobre estructuras más profundas debajo de la piel, a diferencia de los métodos que solo tensan la superficie. Esto posibilita resultados más naturales y una mayor autenticidad en los movimientos faciales. La clave reside en un profundo conocimiento anatómico para seleccionar la técnica adecuada, buscando un rejuvenecimiento que luzca descansado, no artificialmente “estirado”, y que mantenga la esencia del rostro.
La durabilidad de los resultados varía según la calidad de la piel, el estado de salud general y los hábitos de cuidado personal. Para muchos, un facelift es una intervención única en la vida, mientras que otros pacientes, especialmente comprometidos con su apariencia, pueden considerar un procedimiento de retoque cada 10 o 15 años.
Es fundamental recordar que la cirugía corrige el envejecimiento estructural, pero no sustituye el cuidado diario de la piel ni un estilo de vida saludable, que incluye una buena alimentación y una rutina de cuidado facial. Tratamientos complementarios como faciales, láseres, dispositivos de energía y Botox contribuyen a mantener la calidad y firmeza de la piel y a atenuar la tensión muscular, respectivamente. El enfoque más efectivo suele ser una combinación de cirugía y tratamientos no invasivos.
El Dr. Shafer aclara que los tratamientos no quirúrgicos tienen limitaciones. El Botox es eficaz para arrugas dinámicas, los rellenos restauran el volumen y los dispositivos de energía mejoran la textura y flacidez leve, pero ninguno puede levantar los tejidos de la misma manera que la cirugía. Cuando los pacientes dependen excesivamente de los rellenos para compensar la flacidez, el rostro puede adquirir una apariencia pesada o poco natural, señal de que la cirugía podría ser una alternativa superior, especialmente ante una flacidez significativa en el cuello, papada o parte inferior del rostro.
El cirujano advierte que un facelift es una cirugía mayor, a pesar de que las redes sociales puedan trivializar su complejidad. Los riesgos incluyen los asociados a la anestesia, cicatrices, posibles lesiones nerviosas, problemas de cicatrización y el riesgo de resultados poco naturales si no se realiza correctamente. Se desaconseja operar a personas excesivamente jóvenes o realizar el procedimiento de manera apresurada.
Los pacientes deben priorizar la elección de un cirujano calificado y la comprensión detallada del procedimiento, realizándolo por las razones correctas, más allá de las tendencias. Un facelift exige una aproximación responsable.
En cuanto a los costos, el Dr. Shafer indica que estos varían considerablemente según la experiencia del cirujano, la complejidad de la intervención, el centro quirúrgico, el tipo de anestesia y la ubicación geográfica. Un facelift en ciudades como Nueva York o Los Ángeles tiende a ser más costoso, con precios reales que oscilan entre los $40,000 y los $100,000 dólares.
Se recomienda precaución con precios excesivamente bajos, por ejemplo, $8,000 o $10,000, lo cual podría indicar falta de certificación del cirujano, instalaciones no acreditadas o seguimiento insuficiente. Asimismo, precios exageradamente altos no garantizan necesariamente mejores resultados, pudiendo reflejar un mayor costo en marketing o la fama del profesional más que en la calidad quirúrgica.
Finalmente, el Dr. Shafer aconseja realizar el facelift por las razones adecuadas y en el momento oportuno de la vida, considerando que es una inversión significativa, tanto emocional como financiera. Es fundamental no elegir un cirujano basándose únicamente en su popularidad en redes sociales, sino investigar a fondo, reunirse con el médico, formular preguntas y, sobre todo, sentirse cómodo y seguro con el profesional y su equipo a lo largo de todo el proceso quirúrgico.
Más información: https://www.shaferplasticsurgery.com.



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