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Por: Luis Castillo
La discusión política dominicana de los últimos meses ha estado marcada por un nombre que hasta hace poco pertenecía exclusivamente al mundo de los medios de comunicación y las redes sociales: Santiago Matías. Su eventual participación en la política partidaria ha provocado reacciones diversas, desde quienes lo consideran una amenaza para la democracia hasta quienes lo ven como una esperanza de renovación.
Sin embargo, concentrar el debate únicamente en la figura de Santiago Matías es un error. El verdadero fenómeno que debe preocuparnos no es el surgimiento de un comunicador con aspiraciones políticas, sino las razones que permiten que una figura de ese perfil pueda convertirse en una opción atractiva para una parte importante de la población.
La democracia dominicana enfrenta un problema profundo de credibilidad. Durante décadas, los partidos tradicionales han administrado el poder alternándose en el gobierno, pero sin lograr resolver problemas fundamentales que afectan la vida cotidiana de millones de ciudadanos. La inseguridad, las deficiencias en la educación, la debilidad institucional, la corrupción, la baja calidad de numerosos servicios públicos y la falta de oportunidades para amplios sectores sociales continúan siendo desafíos pendientes.
Paradójicamente, la República Dominicana exhibe una de las economías de mayor crecimiento en América Latina. Sin embargo, el crecimiento económico no siempre se traduce en una percepción de bienestar para todos los ciudadanos. Una nación puede crecer económicamente sin que sus habitantes sientan que avanzan al mismo ritmo. Ahí radica una de las contradicciones más importantes de nuestro tiempo.
Cada proceso electoral confirma además una realidad preocupante: una parte significativa del electorado decide no participar. La abstención no es simplemente un dato estadístico; es también una señal de desencanto. Miles de ciudadanos han llegado a la conclusión de que votar o no votar produce el mismo resultado porque perciben que las élites políticas permanecen inalterables independientemente del partido que ocupe el poder.
En ese contexto surgen figuras ajenas a la política tradicional. No es un fenómeno exclusivo de la República Dominicana. Lo hemos visto en diferentes países donde sectores importantes de la población buscan alternativas fuera de los partidos establecidos. Cuando los ciudadanos pierden confianza en las instituciones, inevitablemente aparecen nuevos liderazgos que prometen romper con el orden existente.
Por eso, el debate nacional no debería centrarse en si Santiago Matías está preparado o no para ser candidato presidencial. La pregunta más importante es otra: ¿qué han dejado de hacer los partidos políticos para que una parte de la población busque respuestas fuera de ellos?
La democracia no puede reducirse a la celebración periódica de elecciones. Una democracia saludable requiere instituciones confiables, oportunidades para la movilidad social, rendición de cuentas y una visión nacional de largo plazo. Cuando estos elementos faltan, el descontento se acumula silenciosamente hasta convertirse en una fuerza política capaz de transformar el panorama electoral.
Si mañana no es Santiago Matías, será otra figura. El nombre es secundario. Lo esencial es comprender que el surgimiento de liderazgos alternativos es el síntoma de una enfermedad más profunda: la creciente distancia entre la ciudadanía y quienes ejercen el poder.
Los partidos tradicionales todavía tienen tiempo para reflexionar. Pero si continúan ignorando las señales de agotamiento y frustración que emergen desde distintos sectores de la sociedad, no deberían sorprenderse cuando los electores decidan buscar nuevas opciones.
Porque al final, los fenómenos políticos no nacen por casualidad. Son la consecuencia de problemas que durante demasiado tiempo permanecieron sin respuesta.




