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Por: Redacción Editorial
La amenaza del presidente Donald Trump de imponer un arancel del 100% a Canadá no es simplemente un exabrupto proteccionista; es la confirmación de que, en 2026, la geopolítica ha devorado definitivamente a la diplomacia comercial. Durante décadas, la frontera entre Estados Unidos y Canadá fue el símbolo de la integración más exitosa del mundo. Hoy, se perfila como un muro invisible de desconfianza.
El pecado de Ottawa, a ojos de Washington, ha sido intentar jugar en dos tableros. Al firmar un acuerdo estratégico con China, Canadá buscó una soberanía económica que le permitiera dejar de ser el «patio trasero» estadounidense. Sin embargo, en el mundo polarizado que habitamos hoy, la neutralidad o la diversificación son lujos que la Casa Blanca no parece dispuesta a tolerar.
Este conflicto plantea una pregunta incómoda para el resto de las naciones del hemisferio: ¿Es posible mantener una relación comercial sana con Estados Unidos sin subordinar por completo la política exterior a los intereses de Washington?
Si los aranceles se materializan, no habrá ganadores. El consumidor estadounidense verá dispararse los precios de la energía y los vehículos, mientras que la economía canadiense entraría en una recesión inducida casi de inmediato. Pero más allá de los números, lo que está en juego es el concepto mismo de bloque regional. Si el T-MEC (o lo que queda de él) se convierte en una herramienta de castigo en lugar de un marco de cooperación, Norteamérica perderá su capacidad de competir como bloque frente a la hegemonía asiática que tanto intenta contener.
Estamos ante un juego de «suma cero» donde la lealtad se exige con aranceles. Es una táctica de presión extrema que podría obligar a Canadá a retroceder, pero el daño a la confianza mutua será, posiblemente, irreparable. La «buena vecindad» ha muerto; ha comenzado la era de la «vecindad bajo vigilancia».


