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El mapa que nadie quiere mirar
Hay momentos en la historia en que un país puede equivocarse de dos maneras: reaccionando exageradamente ante una amenaza que todavía no existe o, peor aún, ignorando las señales de una amenaza que comienza a tomar forma.
El mapa difundido por Donald Trump, colocando dentro de una representación de Estados Unidos territorios que pertenecen a países soberanos de América Latina y el Caribe, incluyendo a la República Dominicana, debería provocar una pregunta elemental en nuestro país:
¿Dónde está el Gobierno dominicano?
Hasta ahora, el silencio resulta más llamativo que el propio mapa.
Y hay que reconocer que Guillermo Moreno García, presidente de Alianza País, ha sido prácticamente la única voz política dominicana que se ha atrevido a llamar públicamente la atención sobre este asunto.
No es necesario compartir todas las posiciones políticas de Moreno para reconocer que, en este caso, ha hecho algo que debería estar haciendo el Estado dominicano: tomar en serio una señal política proveniente del presidente de la principal potencia del continente.
Porque ese es precisamente nuestro problema.
Desde que Donald Trump irrumpió en la política estadounidense en 2015, demasiadas personas cometieron el error de interpretar sus declaraciones como simples ocurrencias, provocaciones o parte de un personaje electoral.
Pero Trump ha demostrado que no siempre estaba hablando en broma.
Dijo que quería cambiar el nombre del Golfo de México. Lo hizo.
Ha planteado públicamente sus intereses sobre territorios estratégicos como Groenlandia. Ha cambiado el lenguaje tradicional de Washington sobre la seguridad y la influencia estadounidense en el hemisferio.
Y ahora aparece un mapa que, independientemente de cuál haya sido la intención exacta de quien lo publicó, representa visualmente una realidad que debería preocuparnos: países soberanos aparecen dentro de una imagen territorial estadounidense.
¿Es esto una declaración formal de anexión de la República Dominicana?
No.
¿Significa jurídicamente que nuestro país ha dejado de ser soberano?
Tampoco.
Pero reducirlo a “un simple chiste de Trump” sería, a mi juicio, un grave error político.
Las grandes potencias no solamente comunican sus intenciones mediante tratados. También lo hacen mediante discursos, mapas, símbolos, movimientos militares, presión diplomática y mensajes públicos.
Y los países pequeños tienen una obligación: leer esas señales antes de que se conviertan en hechos.
Lo preocupante no es solamente Trump.
Lo preocupante es nuestra reacción.
Porque cuando un presidente estadounidense coloca simbólicamente a nuestro país dentro de su territorio y nosotros guardamos silencio, estamos enviando también un mensaje.
La prudencia diplomática es una virtud. La cobardía diplomática es otra cosa.
República Dominicana necesita mantener una relación sólida con Estados Unidos. Somos socios comerciales, tenemos millones de dominicanos vinculados a ese país y nuestros intereses económicos y sociales están profundamente conectados.
Pero precisamente por eso debemos recordar una verdad fundamental:
Ser amigo de Estados Unidos no significa renunciar a nuestra soberanía.
La historia latinoamericana está llena de ejemplos de países que primero observaron en silencio y después tuvieron que enfrentar hechos consumados.
Venezuela también debería dejarnos una enseñanza. Más allá de las posiciones que cada quien tenga sobre el Gobierno de Nicolás Maduro, lo cierto es que durante años América Latina observó cómo aumentaba la presión internacional y cómo se modificaban los límites de lo que parecía políticamente posible.
Y cuando finalmente llegaron las acciones, muchos descubrieron que habían pasado demasiado tiempo hablando y demasiado poco preparándose.
No deberíamos cometer el mismo error.
Por eso la pregunta no debe ser si debemos enfrentarnos a Trump.
No.
La pregunta es si la República Dominicana está preparada para defender diplomáticamente sus intereses ante una política estadounidense cada vez más orientada hacia una concepción estratégica del hemisferio.
¿Tiene el Gobierno una posición definida?
¿Ha evaluado lo que significa la nueva visión estadounidense del Caribe?
¿Ha conversado con otros gobiernos latinoamericanos?
¿Está dispuesto a defender públicamente la soberanía dominicana cuando sea necesario?
Y, sobre todo, ¿por qué tiene que ser Guillermo Moreno quien levante la voz mientras el Gobierno permanece en silencio?
Esta no debería ser una bandera exclusiva de Alianza País, del PRM, de la Fuerza del Pueblo, del PLD o de ningún otro partido.
La soberanía dominicana no tiene partido.
Podemos discrepar sobre economía, educación, corrupción, seguridad o política exterior. Pero hay asuntos que deberían unirnos.
Nuestra bandera es uno de ellos.
Nuestro territorio es otro.
Y nuestra soberanía debería ser intocable.
No se trata de tenerle miedo a Donald Trump.
Tampoco de provocarlo.
Se trata de algo mucho más sencillo: tomarlo en serio.
Porque si algo nos ha enseñado la política de Trump desde 2015 es que aquello que muchos consideran una exageración puede terminar convirtiéndose en política de Estado.
Por eso, ante ese mapa, la respuesta dominicana no debería ser pánico.
Pero tampoco silencio.
El silencio de hoy puede convertirse en el problema de mañana.
Guillermo Moreno ha hecho una pregunta que el Gobierno dominicano debería responder.
Y sería bueno que la respondiera pronto.
Porque la República Dominicana no necesita enemigos, pero tampoco necesita que nadie decida por ella cuál es el lugar que ocupa en el mapa.
El lugar de la República Dominicana lo decidimos los dominicanos.
Luis Castillo




