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En los últimos años, la República Dominicana ha experimentado una profunda crisis moral en el ejercicio del poder y en la gestión pública. Lo que algunos llaman “neodemocracia” —una democracia formal sostenida por estructuras modernas, redes sociales y aparente institucionalidad— ha mostrado su rostro más frágil: la pérdida de la ética como principio rector de la vida política.
Los recientes escándalos de corrupción, como el desfalco en el Seguro Nacional de Salud (SeNaSa), revelan que muchos funcionarios y empresarios han confundido el servicio público con el beneficio personal. Las instituciones parecen más preocupadas por su imagen que por su integridad, y la justicia se ve obligada a perseguir lo que la conciencia nacional ya había condenado.
La neodemocracia, en teoría, debía representar un avance: más transparencia, más participación, más rendición de cuentas. Sin embargo, en la práctica, ha degenerado en una simulación donde los discursos superan los hechos y donde la ética se ha convertido en una palabra vacía.
El desafío ahora no es solo castigar a los culpables, sino reconstruir la confianza en las instituciones, devolver dignidad al servicio público y rescatar los valores que alguna vez dieron sentido al ideal democrático dominicano.




