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Nacido en Moca, el 19 de noviembre de 1886, el general Juan Rodríguez García, conocido popularmente como Juancito Rodríguez, fue una de las figuras más relevantes y valientes en la lucha por la libertad del pueblo dominicano durante la era de Trujillo. Hombre de fortuna y carácter firme, su vida estuvo marcada por la prosperidad, el compromiso político y la resistencia frente a la tiranía.
En su juventud, junto a su hermano Doroteo, participó en las filas horacistas, apoyando al presidente Horacio Vásquez. Sin embargo, tras el golpe de Estado de 1930 que llevó al poder a Rafael Leónidas Trujillo, Juancito aceptó —por temor a represalias contra su familia— ser postulado como senador del nuevo régimen. Su independencia de pensamiento, no obstante, pronto lo enfrentó con el dictador. Durante el segundo período de Trujillo, sus ausencias en el Congreso y su negativa en 1935 a firmar la condena del diputado Miguel Ángel Roca evidenciaron su desacuerdo con las prácticas autoritarias del régimen, motivo por el cual fue marginado y sometido a estrecha vigilancia.
Al concluir la Segunda Guerra Mundial, el general Rodríguez decidió pasar de la disidencia silenciosa a la acción activa. Intentó organizar un movimiento interno contra la dictadura, pero ante la falta de apoyo y recursos, optó por exiliarse. En enero de 1946 viajó a Puerto Rico, alegando problemas de salud, y desde allí inició contactos con el exilio dominicano. Posteriormente se trasladó a Nueva York y luego a Cuba, donde se reunió con su hijo José Horacio Rodríguez, un destacado abogado formado en la Universidad de Harvard, quien también se sumó a la causa libertaria.
Ambos participaron en la expedición de Cayo Confites (1947), organizada por exiliados dominicanos para derrocar a Trujillo. Más tarde, Juancito dirigió desde Guatemala, con el apoyo del presidente Juan José Arévalo, la expedición de Luperón del 19 de junio de 1949, una de las más recordadas acciones armadas contra la tiranía. A pesar de tener 73 años, continuó vinculado al Movimiento de Liberación Dominicana, colaborando con las expediciones del 14 y 20 de junio de 1959, que, aunque fracasaron militarmente, encendieron la chispa definitiva del fin del trujillato.
Las represalias del dictador no se hicieron esperar: su esposa, su hija y su nuera fueron encarceladas, y sus bienes —tierras y ganados— fueron confiscados. En el exilio, Juancito enfrentó el dolor de la persecución y la pérdida, incluyendo la muerte de su hijo José Horacio en la expedición de 1959.
El 19 de noviembre de 1960, en Barquisimeto, Venezuela, agotado por el exilio y sumido en la miseria, el general Juan Rodríguez García puso fin a su vida. Seis meses después, Trujillo era ajusticiado. El destino quiso que, exactamente un año más tarde, el 19 de noviembre de 1961, los Trujillo abandonaran definitivamente el país.
En 1978, por iniciativa del presidente Antonio Guzmán, sus restos fueron repatriados a Moca, donde se le rindieron honores póstumos. Hoy, su nombre pervive en la memoria nacional y en una calle de La Vega que lo recuerda como símbolo de coraje, dignidad y sacrificio.
El general Juancito Rodríguez García fue más que un terrateniente o un político: fue un patriota íntegro, un hombre que, aun en la derrota y el exilio, mantuvo viva la llama de la libertad dominicana.



