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Por: Anulfo Vargas Vásquez Capitulo I
Las historias que me contaba mi abuelo Colás tenían un encanto especial. Eran capaces de cautivar hasta al más incrédulo y, al mismo tiempo, despertar la imaginación del más inocente. Eran relatos nacidos en aquellos tiempos en que muchos hogares no tenían radio y mucho menos televisión. La diversión estaba en la palabra, en la imaginación y, sobre todo, en las historias que pasaban de una generación a otra.
Recuerdo particularmente sus relatos sobre “La Botija”, aquella famosa leyenda del tesoro enterrado que, durante décadas, alimentó los sueños y las esperanzas de muchas familias.
Mi abuelo solía contar que, cuando un fulano se encontraba en el lecho de muerte, en ocasiones confesaba a algún pariente que, muchos años atrás, había enterrado sus ahorros debajo del tronco de una mata de mango, detrás de la letrina o en algún rincón escondido de la propiedad.
Ahí comenzaba la trama.
La imaginación de mi abuelo convertía aquella confesión en toda una aventura familiar. A la historia original le agregaba personajes, lugares y circunstancias, construyendo una narración cargada de misterio, esperanza y ambición familiar.
Todos esperaban encontrar la famosa botija: una tinaja enterrada repleta de monedas de oro, prendas, objetos de gran valor y, quién sabe, quizás hasta una fortuna capaz de cambiar para siempre la vida de quienes lograran descubrirla.
La botija, en aquellos relatos, no era simplemente un tesoro enterrado. Se convertía en la herencia perdida de una familia, en la esperanza de encontrar una riqueza que había permanecido oculta durante medio siglo o más.
Noche tras noche, aquella fábula cumplía una función que hoy parece olvidada: nos reunía a todos alrededor de la palabra de un abuelo.
Sin televisión, sin teléfonos celulares y sin las distracciones tecnológicas de nuestros días, esperábamos que llegara la noche para escuchar nuevamente la historia.
Y lo más interesante era que nunca parecía ser exactamente la misma.
Mi abuelo Colás tenía la habilidad de cambiar los personajes, modificar algunas escenas y agregar nuevos acontecimientos. En ciertas ocasiones, nosotros mismos le pedíamos que cambiara al protagonista o que buscara otro lugar donde pudiera estar enterrada la botija.
Así, la historia volvía a comenzar.
La mata de mango, la vieja letrina, el patio de la casa y la misteriosa tinaja se convertían, en nuestra imaginación infantil, en escenarios de una gran aventura.
Hoy, al mirar hacia atrás, comprendo que quizás nunca encontramos aquella botija, pero mi abuelo nos dejó un tesoro mucho más valioso: el recuerdo de aquellas noches en familia, el poder de la imaginación y una tradición oral que permanece viva en nuestra memoria.
La verdadera botija de mi abuelo Colás no estaba enterrada debajo de una mata de mango.
Estaba en sus historias.
Y nosotros, sus nietos, fuimos los herederos de aquel tesoro…………………………..




