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La República Dominicana no necesita simplemente otro cambio de gobierno; necesita un cambio de cultura política.
Durante décadas hemos visto desfilar los mismos nombres, las mismas promesas y, muchas veces, las mismas prácticas. Cambian las siglas, cambian los colores de las banderas, pero los protagonistas suelen ser los mismos. Mientras tanto, el país continúa esperando una transformación profunda en la calidad de sus instituciones, de su educación, de su justicia y de su planificación.
La mayor contradicción está en nosotros mismos. Decimos que queremos una política diferente, pero terminamos premiando a los mismos liderazgos. Nos quejamos del clientelismo, de la corrupción y de la falta de visión de Estado, pero pocas veces respaldamos a quienes presentan propuestas serias, capacidad y una forma distinta de hacer política.
La democracia ofrece una oportunidad extraordinaria: cada elección permite renovar el rumbo del país. Sin embargo, esa renovación no depende únicamente de los partidos; depende, sobre todo, de la decisión de los ciudadanos.
No se trata de votar por alguien porque sea joven o porque represente una cara nueva. Se trata de exigir integridad, preparación, independencia de criterio y una visión de largo plazo. El verdadero liderazgo no se mide por los años que lleva en la política, sino por su capacidad para construir instituciones más fuertes que las personas.
Tal vez el desafío más importante de la República Dominicana no sea decidir cuál partido gobernará en 2028. El verdadero desafío es romper el ciclo de la resignación y atrevernos a construir una política donde las ideas pesen más que los apellidos, los proyectos más que las ambiciones personales y el futuro del país más que la próxima campaña electoral.
Porque mientras sigamos esperando resultados distintos haciendo siempre lo mismo, la República Dominicana seguirá cambiando de gobierno, pero no de destino.




