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Por: Anulfo Vargas Vásquez
Se dice que “la justicia es ciega”, y en los símbolos que la representan, aparece una dama con los ojos vendados. Pero, ¿lo es realmente?
Las verdades —esas que cambian de color según el cristal con que se miren— se transforman con el tiempo y los intereses. Existen “verdades que hieren”, “verdades que enojan”, “verdades de colores”, “verdades manipuladas”. ¿A quién le interesa escuchar la verdad desnuda?
A lo largo de la historia, el poder a moldeado las verdades según su conveniencia: la ideología, la economía, la política o incluso la fe. Bajo esas máscaras, se ha sometido a pueblos enteros al oscurantismo. Basta recordar la Inquisición, cuando la Iglesia utilizó su “verdad” para cometer uno de los feminicidios más atroces de la humanidad: quemar vivas a mujeres acusadas de brujería, muchas de ellas comadronas, astrólogas o videntes.
Aquella “verdad” —impuesta desde el poder ideológico— arrasó culturas, costumbres y razas, especialmente las más indefensas.
Las verdades disfrazadas de bondad son el recurso favorito de los imperios políticos, económicos y religiosos. Su verdadera intención no es iluminar, sino someter. Esa, lamentablemente, es la pura verdad.
Con el paso del tiempo, también se han revelado las “verdades” del llamado descubrimiento de América. Hoy sabemos que no fue un descubrimiento, sino una invasión brutal. Los pueblos indígenas fueron esclavizados, sus mujeres y niños violentados, sus culturas destruidas. Bartolomé de las Casas dejó testimonio de esos horrores y desnudó la manipulación con la que los invasores europeos justificaron su barbarie.
En la actualidad, las “verdades manipuladas” siguen cruzando fronteras. Desde Medio Oriente llegan imágenes de Gaza, donde Israel —autodenominado “pueblo elegido de Dios”— libra una guerra devastadora con el respaldo de sus aliados occidentales. Se reza por la protección de Israel, pero ¿quién reza por los otros hijos de Dios? Los palestinos, despojados de comida, agua y hogar, sobreviven bajo las ruinas, mientras el mundo mira hacia otro lado.
En América Latina también se repite la historia. Las potencias justifican sus acciones militares, sus bloqueos y sus amenazas bajo la máscara de “verdades de protección”.
Pero, ¿en manos de quién está la verdadera verdad?
Vivir, amar, tener paz y libertad… son derechos de toda la humanidad.
Ningún poder debería ajustarlos a su conveniencia, ni colgarlos en la cruz del tiempo.




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