LAS REMESAS : EL ORO HUMANO QUE SOSTIENE AL PAÍS

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Por: Fidel Soto Castro

(US$4,079 millones en remesas frente a US$2,500 millones en minería)

Mientras miles de dominicanos abandonan su tierra empujados por la necesidad, el país sobrevive gracias al sacrificio silencioso de esos hombres y mujeres que convierten la nostalgia en dólares y el desarraigo en sustento familiar.

Las remesas no son simples cifras económicas; son el resultado del sudor de un pueblo emigrante que trabaja lejos de su patria para mantener viva la esperanza de los suyos.

Más de cuatro mil millones de dólares en remesas representan mucho más que dinero entrando por bancos y agencias. Representan comida en la mesa, medicinas para los envejecientes, estudios para los hijos, construcción de viviendas humildes y pequeños negocios familiares que permiten cierta movilidad social.

Las remesas llegan directamente al corazón del pueblo. Se sienten en los barrios, en los campos, en las comunidades olvidadas y en los hogares donde cada envío significa alivio.

Ese dinero tiene rostro humano. Detrás de cada dólar hay jornadas agotadoras, discriminación, frío, soledad y largas horas de trabajo en países extranjeros. El dominicano emigrante carga sobre sus hombros una parte importante de la economía nacional sin destruir montañas, sin contaminar ríos y sin arrancarle la fertilidad a la tierra.

En cambio, la minería metálica suele presentarse como símbolo de progreso mientras deja profundas heridas ambientales y sociales. Produce miles de millones, pero gran parte de esa riqueza no se refleja en el bienestar de las comunidades cercanas a las explotaciones. Basta observar zonas mineras como Cotuí o Bonao para preguntarse dónde quedó la abundancia prometida.

Los pueblos alrededor de muchas explotaciones continúan enfrentando pobreza, deterioro ambiental y preocupación constante por la contaminación de las aguas y la destrucción de tierras productivas. Los ríos afectados no solo pierden pureza; pierden también su capacidad de sostener la agricultura, la pesca y la vida de generaciones enteras.

La diferencia moral entre remesas y minería es profunda. Las remesas nacen del sacrificio humano y regresan al pueblo convertido en ayuda directa. La minería, cuando no existe una verdadera regulación y distribución justa de beneficios, termina acumulando riqueza en pocas manos mientras socializa los daños ambientales entre las mayorías.

El oro que sale del subsuelo no alimenta necesariamente a las familias dominicanas. En cambio, el dinero enviado por los emigrantes sí llega a la cocina humilde, al cuaderno escolar y al techo que protege a una madre y a sus hijos.

Por eso las remesas constituyen una de las expresiones más nobles de la economía nacional. Son el producto del amor familiar y del esfuerzo honrado. No destruyen bosques ni secan ríos. No desplazan comunidades ni convierten montañas en cráteres. Son el aporte silencioso de una diáspora que sigue sosteniendo al país aún desde la distancia.

Quizás ha llegado el momento de que la nación valore más al dominicano emigrante que al espejismo de una riqueza minera que muchas veces brilla en las estadísticas, pero no en la vida real del pueblo.

 

FS

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