República Dominicana.-
De la rutina de la oficina a la gestión de extensas fincas ganaderas y agrícolas, la historia de **Irma Rondón** y **Miriam Antonio viuda de Camps** es un testimonio de resiliencia e innovación en el sector agropecuario dominicano. Ambas mujeres, con orígenes profesionales ajenos al campo, han asumido el liderazgo de negocios familiares, transformándolos y sentando las bases para nuevas generaciones.
Hace **24 años**, la vida de **Irma Rondón**, una **abogada** de profesión, dio un giro inesperado. Tras el fallecimiento de su esposo y padre de sus cuatro hijos, se encontró al frente de una finca ganadera en **Hato Mayor**. Aunque el desafío surgió en medio del duelo, **Rondón** lo asumió con “mucha responsabilidad y dedicación”. Junto a sus hijos, dirige hoy una empresa dedicada a la crianza de ganado, donde la innovación genética ha sido clave para mejorar la calidad del rebaño. “Cambiamos del ganado común a razas más finas y nos ha dado muy buen resultado”, explica.
Sus primeros años en la ganadería estuvieron marcados por un riguroso aprendizaje, guiado por el consejo de su padre: recorrer la finca a caballo al amanecer para conocer cada detalle. “Era todos los días a las **cinco de la mañana**. Fue como un entrenamiento, pero lo disfruté”, recuerda con una sonrisa. **Irma Rondón** reconoce que uno de los mayores obstáculos fue ganarse el respeto en un entorno tradicionalmente masculino. “Si tu posición es la de jefe, tienes que crear respeto de tus empleados hacia ti, que te valoren”, afirma. El trabajo en equipo con el personal existente resultó fundamental para el éxito, una decisión que, asegura, volvería a tomar “sin miedo”. Sus hijos, criados “debajo de la pata de la vaca”, están ahora involucrados, y **Rondón** ya piensa en el relevo generacional, confiando en que uno de ellos continuará el legado familiar. Su trayectoria de más de dos décadas se resume en “dedicación y gratitud”, y su consejo para otras mujeres es “no tener miedo a nada”, desafiando roles tradicionales.
En otro punto del país, la historia de **Miriam Antonio viuda de Camps** también se forjó en el campo. Aunque su educación en **contabilidad y finanzas** la orientaba hacia el mundo empresarial, el destino la reconectó con la pasión de su padre, un reconocido **productor agropecuario**. Él había construido un negocio próspero desde cero, incluyendo ganadería de doble propósito, una granja porcina, agricultura y una fábrica de quesos, **Don Chichí**, además de producir vegetales chinos para exportación a **Estados Unidos** en los años setenta.
Sin embargo, un accidente el **2 de enero de 1996** alteró el curso familiar. La salud de su padre se deterioró, y él le pidió a **Miriam** que le ayudara a mantener el negocio. A pesar de la complejidad de la tarea –que abarcaba dos fincas, ganado, la fábrica de queso, agricultura, cerdos y arroz–, **Miriam** aceptó. Tras el fallecimiento de su progenitor en el **año 2000**, quedó al frente, reorganizando las operaciones. Hoy, se mantiene vinculada activamente a la producción agropecuaria, con un enfoque particular en el cultivo de arroz.
Las historias de **Miriam** e **Irma** son un reflejo de miles de mujeres que, a lo largo de los campos dominicanos, asumen responsabilidades vitales y se erigen como pilares fundamentales de la producción nacional, demostrando que la resiliencia y la capacidad de adaptación no tienen género.


