|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Palestina: Una cárcel a cielo abierto
Para quien no entiende el conflicto, olvídese por un momento de los mapas complicados y de las fechas. Piense en una sola imagen: una prisión.
No una prisión con techo, sino una a cielo abierto. Eso es Palestina hoy, y especialmente Gaza.
Imagine que usted nace en un lugar del que no puede salir. No puede viajar para estudiar, no puede ir a ver a su familia que vive a 40 kilómetros, no puede pescar más allá de unas millas porque le disparan, no puede construir una casa sin que se la demuelan, y no controla ni el agua que bebe ni la luz que enciende. Todo eso lo decide otro ejército, de otro pueblo.
Eso no es una metáfora. Es la descripción literal de Gaza desde 2007. Dos millones de personas encerradas en 365 kilómetros cuadrados, con un muro, vallas electrificadas, torres de vigilancia y un bloqueo por tierra, mar y aire impuesto por Israel. La ONU y las organizaciones de derechos humanos lo han documentado por años: no entra suficiente comida, ni medicinas, ni materiales de construcción. Por eso lo llaman “Gaza a dieta”. Es un castigo colectivo.
Cisjordania no es muy diferente, solo es una cárcel con otro diseño. Allí no hay un muro único, sino cientos de puestos de control, carreteras solo para colonos israelíes, y un muro de 700 kilómetros que separa a los campesinos de sus olivos. Un palestino necesita un permiso militar israelí para moverse entre sus propias ciudades.
¿Cómo se llegó a esto? Porque a este pueblo lo fueron despojando por partes. Primero en 1948, cuando cientos de miles fueron expulsados de sus casas y nunca se les permitió volver. Sus llaves todavía las guardan sus nietos en los campos de refugiados. Después en 1967, cuando Israel ocupó lo poco que les quedaba. Desde entonces, esa ocupación nunca terminó. Solo se modernizó.
Lo admitieron ellos mismos
Y no lo decimos solo nosotros. Lo dijeron los propios fundadores de Israel.
David Ben-Gurión, el padre fundador de Israel y su primer primer ministro, lo escribió con total claridad. En una conversación con el líder judío Nahum Goldmann, dijo:
“Si yo fuera un líder árabe, nunca firmaría un acuerdo con Israel. Es normal: nosotros les hemos quitado su país. Es verdad que Dios nos lo prometió, pero ¿qué les importa eso a ellos? Nuestro Dios no es el suyo. Ha habido antisemitismo, nazis, Hitler, Auschwitz, pero ¿tienen ellos la culpa de eso? Ellos solo ven una cosa: hemos venido y les hemos robado su país.”
Ze’ev Jabotinsky, el padre ideológico de la derecha israelí, fue aún más directo en 1923 en su artículo “El Muro de Hierro”: ningún pueblo nativo acepta voluntariamente que le colonicen su tierra. Por eso, decía, la colonización solo puede avanzar por la fuerza.
Ellos sabían cómo lo verían los palestinos. No como un “conflicto”, no como una “guerra de religiones”. Como un robo. Y entendían que ningún líder palestino digno podría firmar la paz aceptando ese robo como legítimo.
Por eso no se puede entender el 7 de octubre sin entender la cárcel. Ningún pueblo en la historia ha aceptado vivir encerrado para siempre sin rebelarse. Cuando se encierra a la gente, se le quita la tierra, se le humilla en cada checkpoint y se le bombardea cada dos años en operaciones que Israel llama “cortar el césped”, la explosión es inevitable.
No es una guerra entre dos ejércitos iguales. Es un carcelero con uno de los ejércitos más poderosos del mundo, apoyado con miles de millones de dólares por Estados Unidos, contra una población encerrada que no tiene ejército, ni tanques, ni aviones.
Entender esto es el primer paso: Palestina no es un “conflicto complicado”. Es una injusticia simple. Un pueblo preso en su propia tierra, encerrado por quienes admitieron desde el principio que vinieron a tomarla.




