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En las páginas de nuestra historia, hay nombres que, sin hacer mucho ruido, dejan una huella imborrable. Esta semana, el reflector ilumina a una de esas figuras, una mujer cuya vida ha sido un testimonio de dedicación y servicio: la Dra. Elodia Altagracia Samboy France. Desde su natal Enriquillo, en el sur de la República Dominicana, hasta su actual retiro en Miami junto a sus hijos, la Dra. Samboy ha trazado un camino de compromiso inquebrantable con la medicina y sus principios.
Su travesía profesional comenzó en 1977 cuando, como pasante, llegó a Puerto Plata. Rápidamente se integró al equipo del hospital Ricardo Limardo, donde compartió jornadas con colegas que marcaron una época, como la directora Pelegrin, el Dr. Burroughs, el Dr. Matías, la Dra. Brígida Pacheco y la Dra. Bonilla. Su vocación la llevó a servir como médica general en el hospital de Guananico y, posteriormente, a asumir la dirección del hospital de Gaspar Hernández, demostrando su capacidad de liderazgo y su compromiso con la salud de las comunidades.
En 1985, la Dra. Samboy continuó su formación en el hospital José María Cabral y Báez, donde se especializó como gineco-obstetra. Una vez concluida su especialidad en 1986, su camino la llevó a San Cristóbal y, finalmente, a la provincia de Moca, donde ejerció su profesión desde 1987 hasta 2016, continuo laborandno en el Instituto Medico José Gregorio Hernández hasta que se retiró en el 2024.
Durante casi tres décadas, fue un pilar en la atención médica de la región, una figura de confianza para innumerables pacientes que encontraron en ella no solo una médica, sino también una persona con una calidad humana excepcional.
La carrera de la Dra. Samboy es un ejemplo de constancia y dedicación.
No solo se mantuvo firme a los principios éticos de su profesión, sino que también demostró que la entrega al servicio de los demás es la verdadera esencia de la medicina.
Hoy, en su merecido retiro, celebramos su legado y honramos una vida consagrada a sanar y cuidar. La historia de la Dra. Elodia Altagracia Samboy France nos recuerda que el verdadero valor de una vida se mide por el impacto que tiene en la vida de los demás.
Su huella perdura en cada paciente que atendió y en cada vida que ayudó a traer al mundo.



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