Santo Domingo.- A un año del colapso de la discoteca Jet Set, el recuerdo de aquella madrugada permanece vívido en la memoria de los afectados y en el sentir de la nación. En la avenida Independencia, el ambiente ha cambiado, y la herida de lo ocurrido se mantiene abierta.
El espacio que una vez albergó música y celebración en la avenida Independencia ahora está marcado por un silencio profundo y la presencia de ruinas que atestiguan la tragedia. El letrero del lugar, antes un símbolo de alegría, hoy representa una pérdida irreparable para la comunidad.
Los testimonios de quienes aún sufren las consecuencias coinciden en una mezcla de dolor, impotencia y la exigencia de respuestas. Un familiar de las víctimas, cuya voz se quiebra al recordar a su sobrino Paulino Lorenzo Lorenzo, quien falleció en el incidente junto a su esposa, lo describió como “un hombre incansable, dedicado completamente a sus tres hijas, que eran la luz de sus ojos”. Con firmeza, el entrevistado demandó: “No importa quién sea, político o poderoso. Un hecho como este tiene que tener consecuencias. Lo que este país necesita es justicia para poder sanar”.
José Emilio Peguero Rojas, residente de la zona, expresa su imposibilidad de olvidar. “Era casi la una de la madrugada cuando lo vi en las noticias. Sentí que el mundo se me venía abajo”, relata. Peguero Rojas señala que muchos de sus amigos frecuentaban el lugar y lamenta la presunta negligencia: “Se hablaba de filtraciones, de problemas en el techo… pero nadie hizo nada. Eso pudo evitarse”. Para él, la tragedia no culminó esa noche. “El barrio no es el mismo. Perdimos gente cercana. Y todavía… todavía uno escucha en la cabeza a la gente pidiendo ayuda”, confiesa.
Desde la distancia, Benito de León rememora el caos: calles paralizadas, el ulular de sirenas e incertidumbre. “No sabía qué pasaba, pero se sentía algo terrible en el ambiente”, afirma. Asegura que la tristeza sigue latente en cada rincón de la ciudad.
Entre los recuerdos más impactantes se encuentra el de Lila. Esa noche, al oír las ambulancias, pensó en un accidente común, sin imaginar la magnitud del desastre. Al amanecer, la cruda realidad la confrontó. Decidió acercarse para ofrecer ayuda y fue testigo de una escena imborrable. “Una niña se me abrazó llorando y me dijo que su mamá estaba ahí… que había muerto. Yo no supe qué decirle… solo le pedí que le hablara a Dios”, narra Lila. Para ella, ese instante encapsula la tragedia: “Cada vez que uno pasa por aquí, siente la tristeza. Esto nos marcó como país”.
A un año de los hechos, las historias continúan reconstruyendo aquella madrugada. Sin embargo, lo que persiste inalterable es el clamor por justicia, ya que para quienes perdieron a sus seres queridos en la discoteca Jet Set, el dolor no desaparece, solo aprende a permanecer.


