REP. DOMINICANA.-
A un año del trágico colapso del techo de la discoteca Jet Set, el recuerdo de la emergencia permanece vívido para los primeros respondedores. Los miembros del Cuerpo de Bomberos del Distrito Nacional que acudieron a la escena relatan cómo las voces y súplicas de las víctimas atrapadas continúan resonando en sus memorias, marcando un impacto emocional indeleble.
La madrugada del 8 de abril de 2025 se transformó en una de las escenas más dolorosas en la historia reciente del país. Una llamada de emergencia alertó a la Unidad de Rescate del Cuerpo de Bomberos del Distrito Nacional sobre un derrumbe con personas atrapadas en la discoteca, cuya verdadera magnitud solo se revelaría al llegar al lugar.
Los primeros cuatro bomberos que intervinieron en la tragedia coinciden en que el impacto más profundo no provino de lo que vieron entre los escombros, sino de lo que escucharon. «Todavía, una semana después, escuchábamos los gritos y súplicas en nuestras cabezas de personas pidiendo ser salvadas”, rememoran los rescatistas, cuya memoria aún conserva los lamentos de quienes quedaron atrapados bajo la estructura colapsada.
Un aspecto particularmente desgarrador del operativo fue el contacto telefónico con víctimas sepultadas, lo que generó un vínculo emocional imborrable. «Tener contacto con una persona debajo de unos escombros… es algo que corresponde a un sentimiento muy grande”, expresaron los bomberos.
Minutos antes del colapso, a las 12:44 de la madrugada, la discoteca Jet Set vibraba con música, risas y baile, con Rubby Pérez en el escenario. Sin embargo, una serie de señales premonitorias, como la caída de arenilla y gotas de agua, precedieron un repentino e inexplicable silencio, justo antes de que la estructura cediera, dejando a los presentes sin tiempo para reaccionar.
En el caos inmediato que siguió al derrumbe, los gritos de los atrapados y el llanto de los sobrevivientes llenaron el ambiente. La primera respuesta especializada llegó con la Unidad de Rescate del Cuerpo de Bomberos del Distrito Nacional, liderada por el capitán Manuel Triunfel Cabrera.
«Sabía que iba a un derrumbe… pero no la magnitud”, recordó el capitán Triunfel Cabrera. A pesar de su vasta experiencia, que incluye la participación en el terremoto de Haití en 2010, calificó esta tragedia como singular debido a la gran cantidad de vidas atrapadas en un espacio tan reducido y la concentración de dolor.
Para el encargado de la Unidad de Rescate, ningún evento previo se equipara a lo vivido en el Jet Set, ni siquiera la tragedia del terremoto de Haití en 2010. Aunque este último fue a mayor escala, no concentró tantos fallecidos en un mismo espacio reducido, generando imágenes de impacto sin precedentes.
Lo que inicialmente se concibió como una emergencia, rápidamente se transformó en un desastre de «otro nivel» que demandó una respuesta sin precedentes por parte de los organismos de socorro.
En medio del caos, se estableció un puesto de mando, según detalló Ángel Luis Frometa, encargado de la Unidad de Comando de Incidentes del Cuerpo de Bomberos. En este centro de operaciones, la técnica y la organización buscaron imponer orden al horror, clasificando recursos, trazando cuadrantes de búsqueda y estableciendo estrategias para rescatar vidas de la destrucción.
Un desafío significativo para los rescatistas fue la gestión de la presión externa. La presencia de figuras públicas y la consecuente atención mediática generaron un ambiente complejo, pero los bomberos mantuvieron una ética inquebrantable: el valor de una vida no se medía por la fama o el estatus social.
«Trabajamos literalmente con vidas, sin importar quién sea”, afirmó Frometa, destacando que la clasificación de víctimas no consideró colores partidarios ni estatus sociales. Cada rescate representó una victoria de la humanidad ante la tragedia. Los cuatro bomberos entrevistados por El Día reiteraron: «No importaban los nombres. Ni la fama. Ni el dinero. Trabajamos con vidas, sin importar quién sea”.
La ardua labor técnica de estabilizar estructuras colapsadas para prevenir nuevos derrumbes transcurría en paralelo al drama humano de los familiares que se congregaban en el puesto de mando. Madres, padres y hermanos llegaban con descripciones y fotografías, aferrándose a la esperanza, pero a menudo, los rescatistas no podían ofrecer respuestas, generando una dolorosa impotencia.
La falta de respuestas ante el angustioso clamor de los familiares fue descrita por Meraldo Méndez, encargado de la Brigada de Rescate R36, como «muy lastimosa» para el personal de primera línea. A pesar de todo, se mantuvo una regla inquebrantable: el valor de todas las vidas era el mismo.
Más de 1,200 rescatistas se turnaron sin descanso en la denominada «zona cero», en una batalla contra el tiempo y la muerte. A pesar de las adversidades, se lograron importantes victorias: más de cien personas fueron rescatadas con vida en las primeras horas, lo que impulsó a los equipos a continuar. Sin embargo, el costo emocional de la operación fue considerable.
Un año después, muchos rescatistas aún lidian con recuerdos persistentes: olores, imágenes y, sobre todo, las voces. Algunos han requerido apoyo psicológico, mientras otros han encontrado la forma de seguir adelante. Para quienes hoy transitan por el lugar del siniestro, la nostalgia y el respeto se entrelazan con la memoria de una lucha titánica. La magnitud de la tragedia trasciende la palabra «desastre», y cuando los bomberos intentan definirla, a menudo, el silencio es su única respuesta. Lo que sí permanece claro es su inquebrantable labor: entraron cuando todos huían, se quedaron cuando otros desfallecían, escucharon, buscaron, salvaron y, en ocasiones, también lloraron. Su compromiso, más allá de reconocimientos, se fundamenta en la humanidad. «Nos preparamos para emergencias —afirman—, pero al final… lo que nos mueve es eso. La humanidad».
Más allá de los informes técnicos, perdura el testimonio de quienes, pese al profundo sufrimiento personal, encontraron la fuerza para infundir esperanza entre las ruinas. Ellos son los verdaderos héroes, los bomberos.


