Ruanda.- El renombrado naturalista británico Sir David Attenborough, en la conmemoración de sus 100 años de vida, ha rememorado uno de los momentos más trascendentales de su carrera: su encuentro con un grupo de gorilas en Ruanda en 1978. Este evento, que él describe como «uno de los momentos más extraordinarios de mi vida», se ha mantenido vívido en su memoria como una experiencia «sobrecogedora» y el ideal para cualquier amante del mundo natural.
La escena, emitida en la aclamada serie documental «La vida en la Tierra«, se consolidó como uno de los instantes más icónicos de la televisión, transformando la percepción de la naturaleza en un relato global. Con una combinación de rigor científico, asombro y sobriedad, Attenborough reveló al mundo imágenes inéditas, capturando la atención de aproximadamente 500 millones de espectadores, una audiencia sin precedentes para un documental en aquel entonces. El propio Attenborough afirma que «La vida en la Tierra» fue la serie que «lo cambió todo» en su extensa carrera.
Sin embargo, pocos años antes de este reconocimiento global, Attenborough no figuraba entre las personalidades más destacadas de la televisión. Su trayectoria en la BBC comenzó en 1952. A pesar de haber sido inicialmente desestimado para aparecer en pantalla, una oportunidad inesperada lo llevó a presentar un programa sobre animales. Su formación como biólogo alimentó su pasión por la historia natural. Con el tiempo, ascendió dentro de la BBC, contribuyendo a la creación de producciones notables como «Civilización» de Kenneth Clark.
A pesar de su exitosa carrera directiva, que lo acercaba al puesto de Director General de la BBC, Attenborough sentía que esta posición lo alejaba de su verdadera vocación: la creación de programas sobre el mundo natural. En un giro decisivo, renunció a la cúspide de su carrera administrativa, impulsado por el deseo de producir una serie que narrara la historia evolutiva de la vida en la Tierra. Esta iniciativa dio origen a «La vida en la Tierra«, un proyecto que él mismo califica como el «punto de inflexión» de su vida.
En 1976, Attenborough se embarcó en la que sería la expedición de vida silvestre más ambiciosa de su tiempo. Este proyecto, que duró 3 años, implicó viajes a 40 países y la filmación de más de 600 especies. El equipo recorrió aproximadamente 2.4 millones de kilómetros, una distancia equivalente a más de 60 vueltas al ecuador terrestre. La magnitud de la serie, compuesta por 13 episodios, requirió una logística sin precedentes. Richard Brook, uno de los productores de «La vida en la Tierra«, destaca los desafíos de coordinar la investigación, el transporte, las visas y los permisos en una era de comunicaciones limitadas.
La tecnología emergió como un pilar fundamental en la consecución de la visión de Attenborough de «mostrar el mundo natural como nunca antes se había visto». El desarrollo constante de nuevas herramientas, como teleobjetivos de largo alcance y cámaras de alta velocidad, permitió capturar detalles imperceptibles para el ojo humano, revelando la majestuosidad de la vida silvestre en entornos tan diversos como la selva amazónica y el interior de una casa en Inglaterra.
Un ejemplo de la dedicación del equipo fue el desafío asumido por Rodger Jackman, el camarógrafo más joven, quien montó un estudio improvisado en la casa de su abuela para documentar el nacimiento de las crías de la rana de Darwin. Tras dos semanas de espera y con el apoyo de amigos y familiares, Jackman logró capturar este elusivo momento evolutivo, resultando en unos segundos de metraje que, vistos en cámara lenta, revelan una maravilla natural.
La serie no estuvo exenta de anécdotas. Para el episodio inaugural, Attenborough planeó una secuencia en el Gran Cañón del Colorado que simulara un viaje en el tiempo a través de las formaciones geológicas. Sin embargo, una inesperada alergia al pelo de los burros, utilizados para el descenso, resultó en una fuerte inflamación de sus ojos, obligando a filmar su aparición final a distancia.
En las Islas Galápagos, un «lugar casi sagrado» para los naturalistas por su conexión con Charles Darwin, el equipo se enfrentó a un desafío peculiar: conciliar el sueño en medio de los ruidosos hábitos reproductivos de las tortugas gigantes, cuyos bramidos y golpes de caparazón eran constantes.
La filmación en las Islas Comoras también presentó obstáculos, incluyendo un golpe de Estado que suspendió temporalmente los permisos. Tras resolver la situación política, el equipo se enfrentó a la misión de filmar un celacanto vivo, un pez de gran importancia evolutiva. Inicialmente, solo pudieron obtener imágenes de un espécimen disecado. Sin embargo, la persistencia del camarógrafo Peter Scoones, quien permaneció en el lugar, fue recompensada cuando un pescador local capturó un ejemplar vivo, permitiendo documentar por primera vez a esta «criatura importante».
Los retos políticos no se limitaron a las Comoras. El productor asociado Mike Salisbury fue enviado a Irak como avanzada para asegurar el rodaje, anticipando que un posible arresto suyo sería menos perjudicial que el secuestro de Attenborough. A pesar de un tenso encuentro con el ejército de Saddam Hussein, el equipo logró completar su misión.
Los momentos más dramáticos, sin embargo, ocurrieron en Ruanda. La intención original era filmar el pulgar de un gorila para ilustrar la evolución de los primates. Guiados por la primatóloga estadounidense Dian Fossey, el equipo logró una proximidad excepcional. Mientras Attenborough intentaba explicar el pulgar oponible, un gorila joven interactuó juguetonamente con él, y una gorila adulta le colocó una mano en la cabeza, giró su rostro y le introdujo un dedo en la boca, creando un instante de intensa interacción. El director John Sparks recordó su preocupación por la seguridad de Attenborough, quien, ajeno al peligro, describió el momento como «uno de los más privilegiados de mi vida».
Tras el memorable encuentro, el equipo se dirigía al aeropuerto cuando fue interceptado por soldados ruandeses. Detenidos e interrogados, intentaron confiscar el material filmado. Sin embargo, el camarógrafo Martin Saunders, previendo la situación, había logrado intercambiar las etiquetas de las latas, entregando una de película sin usar. Attenborough y Saunders fueron arrestados y pasaron la noche en un hotel, para luego ser trasladados a un complejo militar en Kigali, donde fueron liberados al día siguiente.
Cuando «La vida en la Tierra» se estrenó en 1979, la escena de los gorilas tuvo un impacto significativo, contribuyendo a los esfuerzos de conservación de la especie. La serie se convirtió en un éxito rotundo, estableciendo un nuevo estándar para los documentales de historia natural y consolidando a Sir David Attenborough como uno de los documentalistas más influyentes a nivel global. Para él, el objetivo fue «contar la mejor historia del mundo».


