SANTO DOMINGO.-
El 3 de mayo de 1996, José Rafael Llenas Aybar, de doce años de edad, fue asesinado en un crimen que, treinta años después, sigue generando profundo dolor y debate social en la República Dominicana. A pesar de que los condenados han cumplido con las exigencias del Código Penal, el caso permanece en la memoria colectiva, con los familiares expresando su constante sufrimiento.
La familia de Llenas Aybar aún lidia con la pérdida del joven, quien era un muchacho de clase media alta, criado en Santo Domingo con estabilidad familiar. Sus allegados, a través de una cuenta de Instagram, han buscado preservar su recuerdo y reflexionar sobre la vida que no pudo ser.
El día de los hechos, José Rafael solicitó permiso a su madre, la señora Ileana Aybar, para asistir a una exhibición de motocicletas junto a su primo, Mario José Redondo Llenas. Tras almorzar con su hijo y otra hija, la señora Aybar se dirigió a su trabajo, mientras su esposo, Rafael Llenas, se encontraba en Santiago. Horas después, Ileana Aybar recibió una llamada de su hijo, quien reiteró la petición para ir con su primo, a lo que ella accedió.
Aunque los tribunales han emitido su veredicto, los detalles concretos sobre el móvil del crimen han sido objeto de diversas especulaciones. Una de las versiones más difundidas, sostenida por el Ministerio Público, indica que Redondo Llenas, en contubernio con Juan Manuel Moliné Rodríguez, planeaba secuestrar al menor y exigir un rescate de diez millones de pesos.
Los autores del crimen, Mario José Redondo Llenas y Juan Manuel Moliné Rodríguez, tenían diecinueve y dieciocho años respectivamente. Ambos provenían de familias de clase media alta con educación formal, y habían ideado un esquema criminal contra su primo de doce años. La supuesta exhibición de motocicletas era, en realidad, una artimaña.
En lugar de llevar a José Rafael a la prometida exhibición, Redondo Llenas lo condujo a la casa de Moliné Rodríguez, donde el plan tomó una dirección fatal. El niño, al parecer, comenzó a mostrar signos de nerviosismo durante el trayecto, posiblemente al darse cuenta de que el destino no era el esperado.
Con el fin de evitar resistencia, sus captores lo amarraron de pies y manos y lo introdujeron en el baúl de un vehículo Honda Accord de color verde, con placa AC-5830. Fue en la oscuridad y el calor de este compartimento donde José Rafael pasó las últimas horas de su vida.
Mientras tanto, Redondo Llenas contactó a Ileana Aybar, informándole con sorprendente calma que había dejado a José Rafael en la Plaza Bolera en compañía de unos jóvenes y un chofer. La madre acudió al lugar, pero su hijo no estaba. Posteriormente, visitó el supermercado Asturias, donde supuestamente tendría lugar la demostración de motocicletas, pero no encontró rastro alguno. En ese momento, el pánico comenzó a apoderarse de la señora Aybar, quien aún ignoraba el terrible destino de su hijo.
Los dos jóvenes se detuvieron en las cercanías del río Lebrón, un lugar que, con el tiempo, ha quedado marcado por la indignación asociada a este suceso.
Los expedientes judiciales describen con frialdad los horribles eventos que siguieron. Los captores discutieron qué hacer con José Rafael, quien suplicó por su vida, prometiendo no decir nada. Sin embargo, su petición fue ignorada. Redondo Llenas le asestó aproximadamente treinta y cuatro puñaladas, con heridas localizadas en la espalda, la nuca y el cuello, una de las cuales cortó la vena yugular. Moliné Rodríguez, por su parte, sujetaba a la víctima mientras su cómplice perpetraba el asesinato. José Rafael Llenas Aybar murió allí, junto al arroyo Lebrón, traicionado por la confianza depositada en sus familiares.
A la mañana siguiente, el sábado 4 de mayo, campesinos de la zona encontraron el cuerpo del menor. Estaba envuelto en cinta adhesiva, atado de pies y manos, y yacía en el arroyo Lebrón. Los detalles forenses del crimen conmocionaron a la nación.
La brutalidad del acto, caracterizada por treinta y cuatro puñaladas, evidenció una premeditación y crueldad inusuales, lejos de un robo común o un arranque de furia momentánea. Fue un acto calculado contra un niño que había salido de su hogar con la ilusión de una simple exhibición.
Esa misma noche del viernes, mientras la Policía iniciaba la búsqueda oficial, Mario José Redondo Llenas participó activamente en las diligencias para encontrar a su primo, mostrando una fachada de preocupación e interés, un hecho que resalta la frialdad con la que actuó.
Sobre el móvil del crimen, persisten diversas teorías. Si bien la versión oficial apunta a un intento de secuestro con fines de rescate, otras hipótesis sugieren un posible acto de sadismo o un intento por cometer lo que los autores creyeron que sería el crimen perfecto. A pesar de las condenas cumplidas, la percepción social es que la justicia plena aún no ha sido alcanzada, manteniendo el caso vivo en la conciencia pública.


