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Por : Anulfo Vargas Vásquez
En la historia política dominicana, el ascenso de los sectores neoliberales ha sido recurrente y, en muchos casos, carente de un liderazgo sólido. Aun así, han logrado instalarse en el poder gracias a un andamiaje institucional diseñado para sostener el modelo capitalista, donde las estructuras del Estado funcionan como una plataforma previa que asegura la continuidad de sus intereses. En este escenario, los actores neoliberales no necesitan necesariamente líderes carismáticos, sino engranajes que garanticen la obediencia a las reglas del sistema.
Las organizaciones de izquierda, por el contrario, han enfrentado enormes obstáculos para consolidar su participación en la vida política nacional. La incapacidad de traducir sus luchas en propuestas viables dentro de la institucionalidad ha limitado su llegada a espacios estratégicos como el Congreso y el Senado. En muchos casos, la desvinculación de métodos efectivos de construcción política ha dejado a la izquierda reducida a pequeños grupos con poca influencia en el debate nacional.
Sin embargo, esta debilidad no puede analizarse sin recordar el peso de la represión histórica. La izquierda dominicana vivió su madurez en medio de un contexto represivo: asesinatos, desapariciones y persecuciones sistemáticas desarticularon a sus principales líderes. Figuras como Manolo Tavárez Justo y Francisco Alberto Caamaño Deñó —símbolos del sacrificio y la resistencia— fueron víctimas de un sistema que temía la posibilidad de que emergiera un verdadero liderazgo de masas capaz de disputar el poder.
La década de los doce años de Joaquín Balaguer marcó un antes y un después: bajo un régimen de represión política, la izquierda fue golpeada con dureza, sus cuadros asesinados o enviados al exilio, y sus estructuras debilitadas. Ese trauma histórico ha tenido consecuencias duraderas. La izquierda no logró recomponerse plenamente ni articular un proyecto político capaz de trascender las consignas revolucionarias y traducirse en propuestas concretas de poder.
Hoy, más de medio siglo después, la izquierda dominicana enfrenta un dilema: continuar fragmentada y marginal en el debate político o reinventarse, construyendo liderazgos nuevos y no cooptados por el sistema neoliberal. El reto está en aprender de los errores del pasado, enraizarse nuevamente en las luchas sociales y populares, y proyectarse hacia escenarios institucionales con propuestas claras que conecten con las mayorías.
La historia demuestra que cada vez que los sectores populares no logran organizarse con eficacia, el neoliberalismo gana espacio y se perpetúa, aún sin liderazgo carismático. En la República Dominicana, la pregunta clave sigue siendo: ¿podrá la izquierda rehacerse para convertirse en alternativa de poder, o quedará condenada a ser testigo de la continuidad de un sistema que siempre encuentra cómo reproducirse?



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