Nueva York.- El consumo constante de azúcares y harinas refinadas genera una fluctuación significativa en los niveles de insulina, lo que a largo plazo contribuye al desarrollo de inflamación crónica y a la aparición de problemas de salud más complejos, según indican estudios científicos.
Estos alimentos son una parte común de la dieta contemporánea, y es frecuente superar las cantidades máximas recomendadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS). El doctor Aurelio Rojas ha señalado que la ingesta elevada de azúcares y harinas refinadas es un factor clave en la aparición de la resistencia a la insulina. Este fenómeno se observa de manera recurrente en pacientes con cáncer —una prevalencia que, lamentablemente, está creciendo entre personas jóvenes— y con enfermedades cardiovasculares.
A nivel global, el cáncer persiste como una de las principales causas de mortalidad y morbilidad, con un registro de 18,1 millones de casos en los últimos años. Una investigación divulgada en AACR Journals estableció una correlación entre 293.000 casos de cáncer a nivel mundial y la diabetes, subrayando la importancia crítica de prevenir la diabetes tipo 2 para mitigar la incidencia de esta patología. La resistencia a la insulina se identifica como la condición precursora de la diabetes.
El doctor Rojas enfatiza que, si bien el desarrollo del cáncer es multifactorial, la resistencia a la insulina emerge como un factor común y recurrente en numerosos diagnósticos.
La producción sostenida de niveles elevados de insulina en el organismo no solo impacta negativamente el peso corporal, los niveles de energía, la calidad del sueño y la salud cardiovascular, sino que también activa vías metabólicas vinculadas al crecimiento y proliferación celular, así como a la síntesis de hormonas esteroides.
Otro estudio difundido por AACR Journals corroboró una relación directa entre la diabetes tipo 2 y un riesgo incrementado de desarrollar diversos tipos de cáncer, como el colorrectal, hepatocelular, de vesícula biliar, de mama, de endometrio y de páncreas.
Los principales factores que propician este cuadro clínico son el azúcar añadido y las harinas refinadas. Estos componentes, según expertos, «elevan la glucosa rápidamente y obligan al cuerpo a liberar grandes cantidades de insulina para su asimilación».
La OMS establece que el consumo de azúcar no debería superar el 10 % de la ingesta calórica total diaria, siendo el límite ideal aproximadamente la mitad de esta cantidad, es decir, unos 50 gramos (equivalentes a 12 cucharaditas para una dieta de 2000 kcal). En contraste, los carbohidratos no refinados deberían constituir entre el 45 % y el 75 % de la ingesta calórica diaria.
Para adherirse a estas recomendaciones, es fundamental estar informado sobre el contenido de los alimentos. La Cleveland Clinic advierte sobre la presencia de azúcares añadidos ocultos en productos como los cereales, la leche de origen vegetal y los yogures saborizados, entre otros.
Múltiples investigaciones confirman que la ingesta desmedida de estos productos contribuye significativamente a la prevalencia de la diabetes tipo 2 y las enfermedades cardíacas. El consumo de carbohidratos refinados provoca efectos inmediatos en el organismo, incluyendo un aumento de la glucosa en sangre, picos de insulina y la estimulación de procesos inflamatorios.
Esta secuencia de alteraciones puede culminar en inflamación crónica y eventos cardiovasculares adversos, incluso en individuos sin diagnóstico previo de diabetes, según las investigaciones citadas.






