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Por Araceli Aguilar Salgado
«En lo profundo del invierno, aprendí por fin que dentro de mí hay un verano invencible.» Albert Camus
En el vertiginoso tablero del siglo XXI, donde las crisis parecen sucederse como olas en una tormenta perfecta, el ser humano se ha redescubierto en su faceta más olvidada: la vulnerabilidad. Como cronistas de la realidad, solemos reportar el impacto de las adversidades en las economías o en las fronteras, pero pocas veces nos detenemos a observar el mapa del alma humana cuando es sacudida por la tormenta.
Las adversidades no son meros obstáculos logísticos; son tormentas que ponen a prueba nuestra estructura íntima, haciéndonos sentir frágiles, casi translúcidos. Sin embargo, es precisamente en esa oscuridad donde emerge una verdad que la estadística no puede registrar: la existencia de un faro que no conoce el apagón.
La Alquimia del Dolor
Para muchos, esa luz tiene un nombre: Dios. No como una entidad lejana que promete un camino estéril de dificultades, sino como la certeza de que cada tropiezo guarda en su núcleo la semilla del aprendizaje. La fe, en este contexto internacional de incertidumbre, se aleja de los dogmas para convertirse en una herramienta de supervivencia espiritual.
“Las heridas no son marcas de derrota, sino surcos donde la fe siembra fortaleza.”
Es un error común interpretar la adversidad como un castigo. Al observar las historias de resiliencia en cada rincón del planeta, comprendemos que las pruebas son, en realidad, oportunidades para descubrir una grandeza que solo se revela bajo presión. Es esa certeza silenciosa de que, incluso cuando el ruido del mundo ensordece, existe algo Alguien que sostiene nuestra alma.
De la Lágrima a la Semilla
En el periodismo de investigación, buscamos victorias tangibles. Pero en el periodismo de la vida, la verdadera victoria no reside en evitar el dolor, sino en atravesarlo. Existe una belleza casi mística en la confianza de que las lágrimas no son agua perdida, sino semillas de una vida nueva.
Cuando recordamos que lo sagrado habita en lo más profundo de nuestro ser, la esperanza deja de ser un concepto abstracto para convertirse en un ancla. Cada caída, por estrepitosa que parezca, deja de ser un abismo para transformarse en un peldaño hacia la plenitud.
Una Capacidad Infinita
Hoy, el mensaje para el ciudadano del mundo es sencillo, pero devastadoramente potente: nuestras debilidades no son el final de la historia. Las adversidades nos muestran nuestra vulnerabilidad, sí, pero es en la relación con lo divino donde se nos revela nuestra capacidad infinita de levantarnos.
Al final de la jornada, más allá de las fronteras y los conflictos, lo que nos une es esa búsqueda de sentido. Y en esa búsqueda, descubrimos que no caminamos solos. La luz del faro sigue ahí, esperando a que dejemos de mirar la tormenta para empezar a mirar el camino.
«Dios no nos saca de la tormenta; nos hace fuertes en ella para que podamos caminar sobre las aguas.»
Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com
Nota del Editor
Este artículo forma parte de una serie de reflexiones sobre la condición humana y la espiritualidad en la era contemporánea, explorando cómo la fe redefine el concepto de éxito y superación en un mundo en crisis.






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